julio 26, 2012

Carta para ti: algo clandestino.


”No puedo verte a los ojos cada vez que yo quiera. No puedo acariciarte ni olerte. No puedo tomar tu mano cada vez que algo me aterra. No puedo sucumbir a mis miedos si no estás a mi lado, en cuerpo y alma. No puedo estar tranquila sabiendo que te amo como a nadie en este etéreo e inmenso cosmos, y amarte me hace mal.

Cuando voy al colegio camino pisando las baldosas buscándole la perfección a mi entorno, mientras trato de concentrarme en que tengo que mirar el camino que estoy pisando y no el de mentira, ese que sueño a tu lado. Por culpa de ello un auto casi me arroya, y puede parecer tonto, lo sé, pero esto es así… Yo soy así. Esquivé el automóvil y frené repentinamente en el medio de la calle para ver lo que me pude haber quitado la vida en un solo segundo. Grité y agravié. La lluvia seguía cayendo sobre mis hombros congelando mis estático corazón. Mi respiración era entrecortada. Casi muero. Mi hermano me miraba en el trayecto, lo hacía de soslayo.
Llegamos a la parada del colectivo y traté de ubicarme en un lugar en el que no me cayeran más gotas transparentes como aquellas. Pero las ramas estaban comidas, flacas y desnudas. Todas las hojas parecían estrellas en el asfalto, y mis botas se mezclaban con esos colores bohemios. El colectivo llegó y mi hermano y yo nos subimos a él. Pagamos el boleto y nos ubicamos en el centro del transporte. Seguía asustada; había pensado en ti y un auto casi me arroya. Miré a través de la ventana a la escases de las personas caminando por las veredas. Volví la vista adelante y miré por sobre el hombro del chofer, calculando cuantas cuadras faltaban para llegar: medio viaje. Eran diez minutos, quedaban cinco.
A medida que íbamos avanzando ya podía visualizar el cartel de propiedades Johnson. Nos acercamos  a la puerta y tocamos el timbre una cuadra antes de nuestra parada. Bajamos y caminamos hacia el colegio. Yo entré y él se quedó en la calle conversando con sus amigos.
Y pensaba, yo pensaba. No me digas lo que es, no es justo. Porque estoy desperdiciando mi tiempo amando a alguien que no sabe sobre mi, pero a la vez es hermoso. Y duele. Pero mi corazón, él pobre no es un fallo, es débil y liviano, y fiel a lo que siente. Siento un hielo negro punzante en el pecho: angustia. De saber que nunca, jamás, podrás ser mío. Ni un minuto. Ahora estoy gastando mi dinero en los cigarrillos que nunca fumaré y de todas las palabras que nunca te he dicho. Y le tengo miedo al tiempo, a lo que pueda hacer y a lo que no. El destino me promete mucho y cumple poco, ilusionandome con algo que es real pero está lejos, a un falso alcance.
La campana sonó y todos allí concurrimos a nuestras clases. No hice nada, no moví las manos ni los lápices. Estaba quieta y callada, tranquila y reflexiva. Tengo un agujero en el bolsillo, quizá fue por ahí por donde mi dinero se fue. También tengo mucho que hacer con mi cabeza, porque está tan ocupada pensando en ti… Estoy enamorada de un extraño al cual conozco, casi, como a la palma de mi mano. Es invierno y estoy sola,  no obstante, tengo solo una mirada para mirarte. Si me dieras una moneda te daría la luna y si me dieras una cerveza, toda mi vida. Como se que tu mientes es cuando no estás en mis pensamientos. Cuando se que no es solo mi imaginación.
Eres lo más lindo que hay, lo más divino que he visto en mi vida. Como una mariposa sobre una flor, o el viento acariciando las secas hojas del otoño. Por todo el té de China, solo para ti, pondría mis manos sobre el fuego o bailaría sobre carbón a pleno arder. ¿Ya te das cuenta lo que causas en mí?
Pasaron las horas y me desvanecí por las escaleras, aferrándome al pasamanos de madera, entretanto miraba esas perturbadoras escaleras que me hacían creer que caería. Bajé el ultimo escalón y di un pequeño respingo, cayendo sobre mi pie derecho. Seguí con mi tranquilo caminar y llegué a la salida. Allí estaba mi hermano esperando por mi. Lo saludé y volvimos a caminar hacia la parada del colectivo, la que nos llevaría a casa. Lo esperamos y cuando vino nos subimos. El mismo recorrido monótono de siempre.
Bajamos en la parada de aquel pequeño pasaje, en donde una casa colmada de margaritas y rosas mostraba su preciosa fachada aromatizada. Mi hermano arrancó una margarita y desprendió sus pétalos, tirándolos a mi rostro, haciéndome sonreír. Y ahí recordé tu sonrisa, pero me gusta más cuando la acompañas de tu armoniosa carcajada. Repentinamente unas cosquillas se presentaron en mi cien y reí risueña. Creí que habías sido tu, pero estás lejos de mí.

Te envío muchos abrazos cada noche, besos cada mañana y caricias en la tarde.
Gracias por tu amor, ya sea cruzando el mar y sin saber sobre mi persona.
Gracias por tu felicidad, la que me hace sonreír cada vez que me toca.
Gracias por tu simpatía, me alegra que tengas ese temperamento.
Gracias por tu carisma y por tus sonrisas de dulce de leche.
Gracias por mirar fijo a la lente, amo tus ojos verdes.
Gracias, simplemente gracias.

Victoria”.

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